Ciencia sentimental, un compromiso con la verdad

Las cosas por su nombre

Habrás oído un millón de veces que quien no comprende su historia está condenado a repetirla. Siempre tengo la duda de si es una condena dulce o amarga. Muchos disfrutan repitiendo la historia, porque es un juego en el que casi siempre ganan. De cualquier forma, es un buen eslogan, y además creo que es verdad. Se volvió un poco barato, porque el valor intrínseco de las ideas, como el del dinero, es, por desgracia, cero, y el extrínseco, el que percibimos, el que les otorgamos, depende de su intercambiabilidad, y por ende de su abundancia. Hay demasiadas ideas circulando, y demasiado repetidas, como para estar seguro de que puedan comprar algo valioso.

 

Quien no comprende su historia está condenado a repetirla

 

La palabra etimología proviene del griego étymos, que significa: verdadero o auténtico; y logía: tratado o estudio. Viene a decir “significado auténtico de una palabra”. Quizá suena ambicioso, pero si interiorizas este concepto, si un día te empapas de la mística que lo envuelve, verás que no miente sobre su importancia, pues un vocablo describe y sintetiza a la vez lo que subyace tras él. La etimología marca una línea axiomática, inevitable, entre verdad y mentira. El lenguaje crea la realidad, y da fe de ella. Te parecerá que una piedra que golpea tu cabeza es más real que esas voces que oye un esquizofrénico, pero con paciencia nos quitaremos ese vicio tan humano. Así, cuando empleas un término, con el tiempo lo que expresas se convierte para ti en auténtico.

La etimología de una palabra es su origen, su historia, y su objeto. La etimología es la paleontología del lenguaje.

La etimología de una palabra es su origen, su historia, y su objeto. La etimología es la paleontología del lenguaje. Aún hay por ahí quien desempolva los huesos enterrados de palabras como “hermenéutica”, o “turrón”. Así que ahora la pregunta es si alguien te contó alguna vez que el lenguaje es sagrado, que si intentas torcerlo, pronto averiguarás que tu realidad se corrompió con él, que quien no comprende lo que dice, raramente comprenderá lo que hace. Y, de nuevo, la duda es si todo esto es tan solo otra idea barata, pero yo creo que al mundo le iría mejor si no hubiese sido infiel al significado de términos tan importantes como “inversión” o “justicia”.

“Filosofía” significa nada menos que “amor al saber”, y “ciencia” significa nada más que “conocimiento”. Filósofo es aquel que ama la verdad.

“Filosofía” significa nada menos que “amor al saber”, y “ciencia” significa nada más que “conocimiento”. Filósofo es aquel que ama la verdad. El amor es un concepto arbitrario y acomodaticio. Muchos hombres confunden su ansia sexual con amor. Muchas mujeres confunden su necesidad de adulación con amor. Muchos científicos confunden la excitación que les produce la curvatura espaciotemporal y la fantasía erótica de las ondas gravitacionales, con el amor por la verdad sobre la naturaleza del universo, con la filosofía. Pero hay un truco. Cuando uno quiere saber si ama de verdad, basta ponerse en lo peor, eliminar la atracción física, la prosperidad, y todo ese conveniente etcétera, y quedarse con el relativo placer que supone la dificultad de la reconciliación imposible y la superación del conflicto permanente. Y yo no se mucho del amor, pero creo que es así como funciona. Lo que seguro sí se es que, si amas la verdad, has de ser el primero y el último en cuestionar tus premisas, argumentos y conclusiones. Ese es el camino del filósofo, una dulce y perenne tortura.

Newton llamó a su tratado maestro Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, esto es, “principios matemáticos de la filosofía natural”. No es que Newton fuese un buen amante de la verdad (era bastante infiel y torticero, como alguna vez veremos), pero sintió, al menos a veces, amor por ella.

Newton llamó a su tratado maestro Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, esto es, “principios matemáticos de la filosofía natural”. No es que Newton fuese un buen amante de la verdad (era bastante infiel y torticero, como alguna vez veremos), pero sintió, al menos a veces, amor por ella. Demócrito y Eratóstenes tenían a la matemática y a la física, ramas ambas de la ciencia, como herramientas, pero lo que ellos ansiaban, de verdad, era saber. Eran, y solo hubiesen aceptado ser llamados, filósofos, no matemáticos o físicos. La ciencia es y fue siempre y tan solo la herramienta inevitable de la filosofía. Ser científico es un oficio, un método que basta seguir al dedillo para tirar el lápiz e irse a casa satisfecho, pero no exige querer saber. Ser filósofo sí, porque es una vocación por la incertidumbre permanente, una enfermedad de la que uno no puede ni quiere librarse. No hay buena filosofía sin ciencia, ni buena ciencia sin filosofía, pero yo, si tuviese que elegir, renunciaría al sexo antes que al amor.

Ciencia significa, hoy más que nunca, acumular conocimiento, y esto es la sección de ciencia, así que es sobre el enésimo descubrimiento, sobre el avance imparable de la elucubración, de lo que yo tendría que hablarte. Pero yo soy filósofo, porque amo la verdad, aunque a veces me deje arrastrar por la tentación y le sea infiel, y si te cuento todo esto es porque creo que tú también amas la verdad, que tú también eres un filósofo,  no importa cual sea tu destreza con su herramienta, la ciencia. Por eso es que, justo en esta sección de ciencia, yo pienso seguir hablándote de amor.

2 opiniones en “Ciencia sentimental, un compromiso con la verdad”

  1. Que artículo tan más genial! De esos en que agradeces perderte en la web y encontrar textos así.
    Ojalá más gente pudiese leerlo.

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