Vida imperial en la Ciudad Esmeralda

Dentro de la zona verde de Bagdad

Mahmud Ahmed se despertó temprano por la mañana para ir a trabajar cuando descubrió que no había luz en el barrio. Los apagones le parecían absurdos. Bagdad tenía un buen suministro antes de la guerra. Abrió la canilla, pero no salió nada. Esto si era una novedad para Mahmud. Incluso durante la guerra jamás había faltado.

Al salir de su casa se dirigió hacía una estación de servicio en donde la cola alcanzaba casi dos kilómetros. “Esto no pasaba con Saddam” pensó Ahmed. Pero rápidamente se arrepintió. Estaba contento de haberse librado del dictador.

Mahmud trabaja como interprete para los norteamericanos en la zona verde. En la zona verde ser puntual era muy importante, por lo que decidió tomar un taxi y no esperar por la extensa cola en la estación de servicio.  Los semáforos no funcionaban, no había guardias de tráfico, y los norteamericanos habían cortado el paso de varias calles. Antes, los iraquíes eran muy respetuosos de las leyes de tráfico, pero ahora conducían por las aceras si era necesario. Antes de la guerra Bagdad era una de las ciudades más seguras del mundo, y su orden y limpieza eran dignos de admiración. La basura era recogida con eficiencia suiza, pero luego de la liberación se volvió esporádica como casi todos los servicios municipales. Muchos edificios fueron reducidos a escombros y las ondas expansivas de las campañas intimidatorias estadounidenses hicieron añicos las ventanas de muchos edificios durante los primeros días de guerra.

Vida imperial en la Ciudad Esmeralda | Verböten Magazine
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Por aquellos días en Bagdad se respiraba incertidumbre. “Todo sea por ser libres” se reconfortaba Mahmud, mientras que un alto ejecutivo norteamericano afirmaba “La libertad implica desorden”.

Pero otra Bagdad existía en la “Zona Verde” que se  encontraba bajo la ocupación estadounidense. Dicha zona solía ser el hogar reservado para las villas de los funcionarios del gobierno iraquí, varios ministerios del gobierno y una serie de palacios donde vivían  Saddam Hussein y su familia. El mayor de ellos es el Palacio Republicano, que era la principal sede del poder de Saddam. Ahora,  el Palacio Republicano era el cuartel general de la Autoridad Provisional de la Coalición o la APC.  La administración de la ocupación estadounidense en Iraq, en dónde desde abril de 2003 hasta junio del 2004 actúo como gobierno en el cual se promulgaron leyes, se imprimió papel moneda, se cobraron impuestos, se desplegó la policía y se gastaron los ingresos provenientes del petróleo. La zona verde se convirtió rápidamente en la pequeña América. Allí,  todo estaba perfectamente  diseñado para que no sufrieran homesick —nostalgia por el país de origen— . Los semáforos funcionaban, las leyes de tráfico se respetaban y los suministros de agua y luz funcionaban a la perfección.

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Desde el interior de la Zona Verde —el verdadero Bagdad— con los puestos de control, los edificios bombardeados, los atascos de tráfico, parecían un mundo aparte. Las bocinas, los disparos, la llamada a oración del muecín nunca traspasaban los muros de la zona. Allí el aire no estaba impregnado del humo acre de los coches bomba que acaban de explotar. Las privaciones propias de un país subsahariano y la anarquía del salvaje oeste que se habían apoderado de una de las ciudades más antiguas del mundo se arremolinaban en torno a los muros, pero en el interior reinaba la calma y la tranquilidad típicas de una urbanización.

Por causa del caos que reinaba fuera de las paredes de la Zona Verde solo podían salir aquellos que tuvieran una buena justificación para hacerlo y lo hacían con un destacamento de seguridad. Eran muy pocos los funcionarios de la APC que se animaban a salir, y para quienes salían al exterior la Zona Verde les comenzó a parecer una especie de Disney World y empezaron a llamarla la Ciudad Esmeralda.

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Rajiv Chandrasekaran es un americano de descendencia india que creció en San Francisco. Estudió ciencias políticas en la Universidad de Stanford y actualmente ejerce como periodista. Desde 1994 ocupa el puesto de editor en el Washington Post. Rajiv trabajó como corresponsal en Bagdad, Cairo y el Sudeste Asiático. Su primer libro Vida Imperial en la Cuidad Esmeralda, publicado en el 2006, es una suerte de descripción de la realidad contradictoria y nefasta que se vivía en Iraq durante la ocupación estadounidense.

Rajiv intenta con humor e ironía describir como se vivía y se procedía en la Cuidad Esmeralda y nos cuenta como para la reconstrucción de Iraq no había un único proyecto, sino diversas visiones de los que muchos proyectaban como el posible futuro de Iraq. La APC eran los encargados del proyecto de democratización, pero las ordenes les caían de distintos lugares y nadie parecía ponerse de acuerdo.

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Una serie de errores fueron lo que hicieron falta para demostrar la falta de incompetencia de parte de los Estados Unidos. La desintegración del ejército dejó a muchos soldados sin trabajo que pronto se convirtieron en insurgentes, el intento de una  Constitución iraquí al estilo americano, la falta de personal capacitado y especializado en medio oriente, la falta de presupuesto, y el desinterés por salvar la cultura iraquí fueron sin duda una serie de fichas mal jugadas por causa de la falta de experiencia o tal vez por causa de la persecución de objetivos neoconservadores irrelevantes en dónde construir una democracia iraquí para su pueblo no era el cometido, sino que lo era el convertir a Iraq en una democracia para los Estados Unidos.

A lo largo de 350 páginas, Rajiv relata con estilo a comedia negra la serie de aciertos y desaciertos llevados a cabo por las personas que dejaron sus vidas en Estados Unidos para instalarse en la Zona Verde y poder  lograr así  el sueño americano iraquí.

Autor: Jennifer Perez Olivera

Nació en Montevideo, pero transitó su vida en Buenos Aires. No es de acá ni de allá, es un poco de las dos. Lectora, cinéfila y viajera, con 12 países conquistados, ama la cultura, los idiomas y la historia. Es escritora de alma e inquieta por naturaleza. Quiere verlo todo y hacerlo todo al menos una vez. Estudió la licenciatura en relaciones internacionales en la Universidad. Su adicción por el cine la llevo a estudiar efectos especiales, con el único propósito de meterse de lleno en el mundo del séptimo arte. La escritura la sorprendió de chica y su primera novela la terminó a los 22 años. Algún día le gustaría poder aprender a volar.

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