La muerte y la doncella, Egon Schiele

La muerte y la doncella, Valentín Pérez Venzalá.

Cuento corto original e inédito

“A los doce años, me acerqué a un cementerio. Unos sepultureros cavaban una fosa. Esperé a que terminaran y les pregunté si podía bajar. Se rieron y me ayudaron a descender por una escalera. Me tumbé y observé el cielo. Sentí el frío de la tierra en mi espalda, pero el cielo me pareció más hermoso que nunca”. Rafael Narbona, Miedo de ser dos

Empezaba ya a asomar el sol, dejándose ver entre las ramas, pero aún pasaría un buen rato hasta que empezara a calentar y le calmara  un poco el frío. Quizá entonces se le secara el sudor antes de que se congelara sobre su frente. La fosa era ya casi suficientemente profunda. Ayudándose de la cuerda atada al árbol cercano subió a fumar un cigarrillo.

Si por él fuera quemaría a todos los muertos pero todavía en el pueblo esas modernidades no habían cundido, al menos entre los más mayores que eran los que iban cayendo con más frecuencia. De hecho no recordaba haber enterrado a alguien menor de 80 años desde que aquel muchacho se despeñara intentando quién sabe qué a las tantas de la madrugada. Si llevaba alcohol en la sangre o no, nunca se supo. Para qué, ya estaba muerto y para qué iban a remover más la mierda. Pero también a ese hubo que hacerle fosa, también de prisa y corriendo. Pero vale ya de quejarse, es un trabajo, y al final van a llegar con el muerto y no va a haber dónde meterle.

Sol de otoño y árboles, Egon Schiele
Sol de otoño y árboles, Egon Schiele

Iba a bajar a retomar el trabajo cuando la vio. Le extrañó porque era aún muy pronto para que llegase nadie. Al menos quedaba una hora y normalmente nunca se adelantaban, sino todo lo contrario. También le sorprendió porque al verla venir se le antojó una novia. Si hubiera llevado cubierta la cabeza hubiera estado seguro de que se trataba de una novia, porque vestía completamente de blanco. Se dirigía hacía él y cuando dio algunos pasos más la reconoció. Ni tenía nada que ver con el muerto ni, seguro, venía al entierro. Sabía que no andaba muy bien de la cabeza y que le gustaba pasear por el cementerio, pero siempre en lugares solitarios; nunca cuando había un difunto y mucho menos en esa zona, la que habían ampliado el año pasado y en la que apenas había aún un par de lápidas. Tenía que saber lo del entierro porque en el pueblo otra cosa quizá no; pero las bodas, los nacimientos y las muertes corren como la pólvora. Y muchas veces explotan incluso antes de que se incendie la mecha.

-Buenos días. Mucho has madrugado.
-No me he acostado todavía. Esta noche no podía dormir. Me perseguía una idea.
-A mí me han perseguido muchas cosas en la vida pero ideas la verdad es que nunca.
-Te quiero pedir un favor. Es muy fácil para ti y muy importante para mí.
-Pues tú dirás, pero a ver qué favor me vas a pedir, que tengo menos de una hora para terminar esto. Que la muerte no espera.
-Quiero saber lo que se siente.
-¿Lo que se siente?
-Ahí abajo -y se asomó a la fosa que apenas tenía metro y medio de profundidad.
-Pues mucho frío, María. Ahí lo único que se siente es mucho frío. Pero el muerto la verdad, sentir lo que se dice sentir; ni frío ni calor…
-Quiero que me dejes bajar y tenderme… solo un minuto —dijo atajando el intento de él de interrumpirla—. A ti ¿qué más te da? Solo será un minuto. Te dará tiempo, y yo descansaré un rato y luego podré irme a dormir por fin. Solo quiero saber qué se siente ahí abajo.
-Mira, María, a mí que pasees por el cementerio a pesar de que no vayas a ver la tumba de tus padres me da lo mismo, mientras no me molestes ni a mí ni a los deudos. Así que si quieres vete a dar una vuelta y déjame terminar.
-Solo será un minuto. Ayúdame a bajar, por favor.

La miró. La verdad es que, aunque estaba un poco loca, siempre había sido una de las más guapas del pueblo, y aquel vestido blanco la favorecía aun más. Mientras había caminado hacia él, antes incluso de reconocerla, había admirado su silueta dibujada por los nacientes rayos de sol que atravesaban el ligero vestido blanco.

-Mira, María, es una tontería, ahí lo único que vas a hacer es mancharte el vestido y coger una enfermedad. Hace frío y está lleno de bichos que se te van a meter por todas partes. Una cosa es que te guste andar entre los muertos y otra cosa es querer ser una en vida.
-Pero a ti que más te da, será un minuto y me harás feliz. Qué más te da.

Él se la quedó mirando. Estaba un poco cansado y la mirada de la mujer le secaba el sudor más que el sol. Los ojos se le deslizaron por el escote de la mujer y antes de que pudiera pensarlo se le escapó por la boca:

-Está bien, pero solo un minuto. Tendrás que agarrarte a la cuerda para bajar. Yo te ayudo, pero te vas a manchar y vamos… ¡que es una tontería! ¡Qué vas a sentir ahí más que frío!
-Gracias —le dijo—, agarrando la cuerda de sus manos y tocándoselas ligeramente. Él sintió su calor y por un momento un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Sabía que lo que hacía no estaba bien, pero tampoco hacía mal a nadie, y solo sería un minuto.

Sujetó la cuerda con fuerza pero la verdad es que bajar así iba a ser más difícil. Ella no sabía cómo situarse y él no sabía dónde colocar las manos. Al final, ella saltó. Asomó un instante la cabeza, mirándole con el entusiasmo de una niña, y después se tumbó lentamente en el suelo boca arriba y cerró los ojos.

Mujer acostada, Egon Schiele
Mujer acostada, Egon Schiele

Él la observó desde arriba. Ahora que ella no le veía no dudó en recorrerla con la mirada. Que estaba más buena que el pan no lo podía negar nadie. Y así con los ojos cerrados y vestida de blanco le parecía una blancanieves salida de un cuento.

-Vamos, María, qué te vas a helar —pero ella no abrió los ojos, no se movió y tal cual parecía una muerta—. Me has dicho un minuto, y ya llevas ahí un buen rato. Venga, no me compliques más el día.

No sabía qué hacer y pensó de repente que si tanto le gustaba la muerte le iba a dar un susto. ¿No quería saber lo que se sentía? Pues a ver cómo reaccionaba cuando él empezara a echar tierra en la fosa. Por supuesto, él pensaba que cuando sintiera el sonido recio de la tierra cayendo, aunque fuera a sus pies, se levantaría sobresaltada y querría salir. Pero echó un par de paladas a sus pies, sin tocarla, pero con un golpe seco, y ella siguió sin inmutarse.

Se empezaba a enfadar y mucho, pero a la misma vez, con la humedad y el rocío de la mañana el vestido se le había pegado al cuerpo y él no podía evitar excitarse viéndola allí dormida. Los ojos cerrados, los labios ligeramente abiertos, los pechos subiendo y bajando al compás de la lenta respiración y sobre todo su sexo, que imaginaba caliente, ligeramente abultado bajo el vestido pegado a la piel.

Sin saber si quería seguir asustándola o era una forma de acariciar ese cuerpo en la distancia, le echó un poco de arena entre las piernas, a la altura de los tobillos. La tierra apretó el vestido contra el suelo y lo ajustó un poco más a su cuerpo, pero ella no reaccionó tampoco. Echó un poco más de arena, y no hubo respuesta. Subió un poco, y la arena cayó a la altura de sus muslos. Esta vez tuvo que sentirla porque parte cayó entre las piernas pero otra parte la golpeó directamente en la pierna derecha. Pero ahí seguía, inmóvil como una muerta.

No sabría decir por qué lo hizo pero cogió otro poco de tierra, poca porque no quería hacerle daño, y la dejó caer justo sobre su vientre. Esta vez sí reaccionó, pero levemente, como en sueños, apenas perceptible un movimiento que recorrió todo su cuerpo y acabó en sus labios que se abrieron un poco más. Él no pudo evitar que eso le excitara. Notó que la respiración de ella se agitaba un poco más. Su pecho subía y bajaba a un ritmo más intenso.

Volvió a echar un poco más de tierra y volvió a verla moverse apenas imperceptiblemente como si su cuerpo fuera una culebra, un ligero movimiento de los pies a la cabeza. A la tercera palada su sexo estaba completamente cubierto, formando un pequeño círculo. Quizá lo imaginaba, pero ese pequeño monte de tierra exhalaba algo de vaho.

-Vamos, María, que te voy a enterrar viva como no salgas de ahí ahora mismo —le gritó y a la misma vez se dio cuenta de que tenía una erección. Se metió la mano en el bolsillo del mono y se colocó el miembro, buscándole el acomodo apropiado para esa nueva situación.

Observó nuevamente a la mujer tumbada en la tierra fría, los ojos cerrados, los labios un poco abiertos, el pecho moviéndose ligeramente y la tierra cubriendo ese pequeño espacio entre las piernas donde él imaginaba calor suficiente para calentarle las manos.

Bajó de un salto por la parte más estrecha para caer justo a sus pies sin siquiera tocarla. La observó de nuevo. Ahora, más cerca, podía ver claramente la forma de sus pechos.

-Vamos, María, que ahora sí que estoy cabreado. Levántate o te saco de aquí a rastras. No me hagas esto.

Le tiró de un pie pero sin demasiada fuerza. La tierra sobre su vestido saltó y volvió a colocarse sobre él. Apartó con la mano la tierra sobre ella, a la altura de los tobillos, sin poder evitar tocarlos ligeramente. Pero no se movió. Apartó la tierra entre los muslos y se detuvo a penas un instante sobre ellos. Sintió que a pesar del frío sus muslos estaban calientes.

Solo quedaba la tierra sobre su pubis. Dudó un segundo. Ella estaba jugando, ¿no? Estaba jugando con él al fin y al cabo, ¿no? Y acercó la mano al montón de tierra, lo apartó ligeramente con el dorso de la mano de forma que la palma no podía evitar acariciarla. Apartó toda la arena pero ella seguía sin despertar. Dejó caer la mano despacio sobre su vientre y noto que el cuerpo de ella volvía a culebrearse casi imperceptiblemente. Acarició su sexo lentamente y notó que nuevamente la erección le hacía daño. Levantó la falda del vestido a la altura de los muslos. Hacía frío, pero él no temblaba por el frío. Estaba excitado y siguió subiendo el vestido hasta descubrir su pubis moreno. No llevaba más ropa interior que una combinación y se quedó mirando aquel hueco oscuro y caliente. Se asomó por encima de la fosa. Ya amanecía pero aún tardarían media hora en llegar. Se desabrochó el mono y lo bajo hasta los tobillos. Sintió el frío en el pecho a pesar de las dos camisetas de algodón que llevaba debajo. Se tumbó sobre la mujer. Notó que sus piernas se abrían para dejarle entrar. No sabía si realmente estaba dormida, pero estaba claro que el cuerpo de ella reaccionaba. La sintió gemir ligeramente. Le acarició el pecho, acercó su mano hasta su boca y sintió  su labios apretándole los dedos, calentándoselos y humedeciéndoselos. La observó y los ojos seguían cerrados.

Los amantes. Hombre y mujer, Egon Schiele
Los amantes. Hombre y mujer, Egon Schiele

Eyaculó largamente y la oyó gritar. Era un grito de placer que le hizo seguir moviéndose a pesar de que su miembro ya no mantenía la fuerza de unos segundos antes. Tuvo la sensación de que se vaciaba por completo. Se dejó caer sobre ella completamente y descansó unos segundos. Después del grito sintió que ella ya no volvió a moverse. Su miembro aún seguía en su interior pero su vulva empezaba a cerrarse sobre él como un flor mustia y escapó con un movimiento rápido. Notó que la mejilla de ella se enfriaba, y también su pecho bajo el suyo perdía el calor. Y es que hace un frío de muerte, pensó, y se levantó.

Se abrochó el mono apresuradamente pensando qué decirle. La verdad es que cuando abriera los ojos no sabía si iba a poder sostenerle la mirada. Estaba claro que ella había querido, pero aun así era una situación muy extraña.

-Tienes que irte. Van a llegar en unos minutos y como nos encuentren así se va a liar gorda.

Pero ella seguía sin moverse. Se agachó y volvió a taparla, cubriéndola con la falda del vestido.

-Levántate, anda, que te ayudo a subir y te vas a dormir a casa. Y yo también, que ahora sí que no puedo ni con mi alma.

Pero ella no reaccionó. Se fijó que su pecho tampoco se movía. Sus labios se habían cerrado y la mejilla izquierda caía sobre la tierra. La llamó varias veces, hasta gritando, pero no hubo respuesta. Empezó a ponerse muy nervioso porque sabía que estaban a punto de llegar. La zarandeó por los hombros, incluso levantó su torso del suelo y lo agito gritándole, pero no respondió. La dejó caer de nuevo sobre la tierra.

-¡Está muerta! ¡Está muerta! ¡Ahora sí que está muerta!

No sabía qué hacer y su cabeza empezó a dar vueltas. Aquello parecía un mal sueño. Lo que había pasado hacía apenas unos minutos, en su cabeza parecía extenderse en el tiempo y ser algo muy lejano. Está muerta. Se ha muerto mientras…. mientras la violaba. Pero ¡no! Ella ha querido, ella se ha dejado. Pero ha gritado, ha gritado…. ¡Ha gritado de dolor! No, no, no era dolor. Gritaba de placer.

Se agitaba desesperado a sus pies y volvía a agacharse para zarandearla, pero no se movía… ¡Y estaba fría!

Se agarró de la cuerda y salió de la fosa. La miró de nuevo desde arriba y parecía tal cual una muerta de cuento. Vestida de blanco y fría como la muerte, tumbada en la tierra fría.

Ya era completamente de día. Iban a llegar. Él la había matado. O no, pero daba igual. Dirían que él la había matado. Quizá la había ahogado con su peso. La examinarían. Había expertos para esas cosas, dirían que su semen estaba dentro de ella, que él la había violado y luego matado. O al revés. No era cierto, pero no iban a creerle. Quién iba a creer que ella se tumbó en la fosa porque quiso y que le dejó tocarla sin decir nada, que le dejó levantarle el vestido, que le dejó… No, no iban a creerle. La había matado. Ella estaba muerta y él la había matado. Dirían que la había visto merodear por las tumbas, de noche, y la había asaltado, la había violado y luego arrojado a la fosa para ocultarla. Todos sabían que ella no estaba bien.

Casi sin saber lo que estaba haciendo, recuperó toda la cuerda de la fosa, la desató del tronco donde la había ajustado antes de empezar a cavar la fosa y la lanzó sobre una rama dando dos vueltas. Tiró fuertemente de ella para asegurarse de que aguantaría. Preparó el lazo sin dejar de repetirse que la había matado, que ellos iban a llegar y él la había matado, que no podría ocultarlo. Mientras arrastraba la caja de las herramientas bajo el árbol vislumbró la idea de cubrir la fosa, cubrir toda la fosa con tierra antes de que llegaran. No la descubrirían, diría que se había equivocado que había hecho la fosa para el muerto en otro lado, les llevaría a la zona antigua, buscaría. Diría que no la encontraba….

El abrazo, Egon Schiele
El abrazo, Egon Schiele

No, la había matado, pensaba mientras se subía a la caja de herramientas. La había matado. Se ajustó el lazo al cuello. No iban a creerle. Golpeó la caja de herramientas con los pies y quedó colgando de la soga. Su cuerpo se balanceó de un lado a otro, sus piernas se agitaron nerviosamente durante unos segundos y finalmente pararon. Su cuerpo osciló como un péndulo apenas unos instantes más y finalmente dejó de moverse.

Ya era la hora pero, como él sabía, siempre se retrasaban. Ella asomó los ojos por la fosa. Como siempre después del orgasmo había perdido la noción de su existencia. Durante unos minutos había desaparecido del mundo, como si hubiera muerto. Alguien le dijo una vez que los franceses lo llamaban pequeña muerte. Por algo será.  Le costó salir de la fosa, a pesar de que era una mujer fuerte. Era difícil salir sin cuerda donde agarrarse pero finalmente consiguió hacerlo. Tenía el vestido algo roto y negro de tierra. Observó al enterrador colgado del árbol. Se sorprendió. Se acercó a él y le tocó el miembro. Estaba flácido.

-Qué extraño. Siempre he creído que los ahorcados tenían una enorme erección.

Valentín Pérez Venzalá

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