Andrés Neuman

El viajero del siglo, un libro de Andrés Neuman

Un viaje en la inmovilidad

La curiosidad por las novelas sobre el pasado que discuten los problemas y el lenguaje del presente llevó a Andrés Neuman a escribir El viajero del siglo. La novela, ganadora del premio Alfaguara 2009, es hasta ahora el libro más ambicioso de este escritor tan prolífico, nacido en Argentina en 1977 y radicado desde su juventud en Granada, España.

 

La noche en Wandernburgo no es la boca del lobo: es lo que el lobo, ávido, mastica.

Hans, traductor, viajero interminable, llega a Wandernburgo, la ciudad cuyos edificios y esquinas dan la impresión de ser presas de un movimiento aleatorio y misterioso. Una ciudad que, al menos, le da al visitante, no bien se encuentra en ella, avisos subrepticios sobre las dificultades que en el futuro tendrá para abandonarla. Situada en algún lugar impreciso de la actual Alemania, un poquito más aquí de Prusia y algo más allá de Sajonia, sin responder a una u otra o sometida a ambas. Una neutralidad o dependencia intercambiable que, junto con la inexactitud del espacio narrativo, favorece el juego que se plantea el autor: meterse sutilmente en la Historia y en el pulso social de la Europa de principios del siglo XIX y cotejarlo con los derroteros de hoy. Existe, desde el título, una contradicción intencional: se nos avisa que se tratará de una novela que narra el movimiento y a la vez Wandernburgo es el mismo punto donde el viaje, al menos el viaje literal, comienza y termina. Gracias a este ejercicio, Neuman nos introduce en una novela de viajes muy peculiar.

Wandernburgo más que desplazarse en secreto, rotaba de repente, cambiaba de orientación igual que un girasol se adapta a los caprichos solares

La movilidad de Wandernburgo puede entenderse como una metáfora de los continuos movimientos geopolíticos de Europa. Aun así, más que desplazarse como consecuencia del ajetreo de la zona, Wandernburgo parece adaptar sus formas para evitar ser afectada por esos cambios, de modo que si la coyuntura requiere una ciudad más pequeña o más al oeste, la ciudad tiene el don de modificar su tamaño o recostarse hacia algún punto cardinal.
Hans tiene, desde su llegada, la idea constante de abandonar la ciudad pero, siempre que está decidido a hacerlo, o bien hace su aparición algún personaje que lo retiene o bien algún personaje ya existente da cierto giro en su relación con él y lo impulsa a reflexionar sobre su partida. Puede que no sea la ciudad en sí la que retiene al viajero pero sí hay algo en Wandernburgo que afecta a Hans: lo seduce la incertidumbre que hay en esa aparente inmovilidad.

En parte porque el mundo de los gestos no es transparente como un cristal, sino reflexivo como un espejo.

El organillero, un viejo que vive en una cueva y hace sonar su organillo en la calle a cambio de monedas, y Sophie Gottlieb, una muchacha hermosa, inteligente y comprometida a casarse con un miembro de una familia importante de Wandernburgo, son los dos anclajes principales para Hans en la ciudad. Comparten ciertas características: ambos ofician de moderadores en cada una de las dos tertulias (en la cueva del organillero y en el salón Gottlieb) que organizan el texto, y son, cada uno a su manera, buenos moderadores. Tal vez el organillero, dueño de una sabiduría coloquial y oportuna, lo sea sin proponérselo y Sophie sea más consciente de su función. Ambos lo hacen con arte, ambos eligen bien las palabras a usar en sus intervenciones o sus silencios. Ambos, finalmente, tienen un gran poder de persuasión sobre Hans, que a fin de cuentas, se enamora, en distinto grado y forma, de los dos.

 

Hoy la gente prefiere comprar un libro que comprenderlo, como si comprando libros uno se apropiara de su contenido.

Hans es el personaje que más encaja en la biografía del autor. Neuman lo aprovecha para indagar y reflexionar sobre la literatura del siglo XIX: describe la metodología de la traducción y pone en debate el carácter artístico del oficio; la imposibilidad de generar un texto fiel al original; la lectura como primera traducción ineludible. También utiliza las tertulias del salón Gottlieb para ensayar sobre la literatura de la época y sobre la novela como género o sobre el libro como objeto. En todos los casos se trata de discusiones atemporales o que por el modo en que son abarcados caben perfectamente en los debates actuales.

Yo creo que la música ya estaba, no sé si me explico, la música suena sola y los instrumentos tratan de atraerla, de convencerla para que baje.

En El viajero del siglo, como en otros libros del autor, es insoslayable la omnipresencia de la música, más desde dentro del pulso narrativo de Neuman que como fondo o como hilo funcional. En el caso de esta novela monumental, su poética musical marca el ritmo y las interrelaciones. O es el medio a través del cual se narran todos los movimientos. La música, da la sensación, es la madre de la prosa de Andrés Neuman, por ello tal vez las páginas se suceden una a otra tan amigablemente para el lector, tan armoniosas al compás que el autor propone.
La escritura de Neuman abarca prácticamente todos los géneros, que en este libro combina con sutileza merced a la brillantez con la que despliega un estilo inclusivo y fragmentario. Brilla, casi fugaz, su maestría aforística con apariciones constantes en el relato.
En cada párrafo, el autor nos recuerda la inmensa riqueza del lenguaje; la valiosa diversidad de significación con la que armar una novela sobre el pasado que discuta con la lengua y la problemática actuales. Una gran metáfora sobre el viaje, sobre el movimiento de las cosas, los cambios en las personas, el movimiento de los lugares y la quietud del que viaja, o de los cambios que se producen en el que, quedándose, viaja.

Autor: Nacho Lopez

Nacho Lopez nació en el sanatorio Mitre un 19 de noviembre. Después, otro día, nació el escritor. En Buenos Aires cursó el primer año de Comunicación Social en un pequeño edificio, en la localidad de Merlo, que tuvo sus mejores épocas como bailanta tropical. Los años siguientes fueron en una antigua fábrica textil provista de aulas magnas con enormes ventanales industriales. Recordando a menudo esa extraño y noventoso modo de asignación edilicia argentino, ya en Barcelona, asistió a un puñado de cursos de narrativa en diversas aulas y bibliotecas de la ciudad condal, en la que actualmente vive y de la que a veces piensa con alivio: “ésta no va a poder conmigo”. Le gustan los libros, prefiere los de papel. Escribe en Verböten sobre libros o sobre la trascendencia de estos, sobre los autores de esos libros, acerca de su definitivo impacto.

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