Diego Trelles Paz, el escritor capturado por la literatura

Bioy, la RAE, Santuario Editorial...

Diego Trelles Paz vive en París, desde donde dirige, junto con Victor Ruiz Velazco, la prometedora editorial peruana Santuario. En la capital francesa nos recibió amigablemente y nos regaló una charla jugosísima.

Una entrevista sobre literatura

Diego Trelles Paz nació en Lima en 1977, allí estudió cine y periodismo. Entre 2001 y 2005 recibió estudios de maestría y doctorado en la Universidad de Texas, en Austin. Más tarde fue profesor del Departamento de Lenguas y Literaturas Romances en la Universidad de Binghamton (NY), aunque hoy se declara retirado de la docencia. Ha publicado tres libros propios: Hudson el redentor (Caleta, 2001), El círculo de los escritores asesinos (Candaya, 2005) y Bioy (Destino, 2012). Esta última novela ganó la tercera edición del premio Francisco Casavella y lo puso a Trelles Paz entre los finalistas del premio Rómulo Gallegos de 2013. Además editó y prologó la reveladora antología El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009), traducida más tarde al húngaro y al inglés. Este año sale en España Adormecer a los felices, su nuevo libro de cuentos de la mano de la editorial Demipage. Ahora Diego Trelles Paz vive en París, desde donde dirige, junto con Victor Ruiz Velazco, la prometedora editorial peruana Santuario. En la capital francesa nos recibió amigablemente y nos regaló una charla jugosísima.

 

Diego Trelles Paz, Verböten Magazine. © Alessandro Pucci
Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.

-¿Por qué elegiste París para vivir?
-Yo deseaba vivir en Europa. Había dejado mi puesto de profesor universitario para dedicarme de lleno a la literatura. Me interesaban las oportunidades que da esta ciudad. Hablo, sobre todo, de la oferta cultural que es abrumadora y te permite relacionarte con artistas de toda índole. Lo cierto es que siempre hubo una tradición de escritores latinoamericanos que la idealizaron y la convirtieron en su centro de operaciones. No hablo solo de los escritores del boom. Hubo una serie de poetas peruanos que vinieron desde finales de los sesenta y a los que, de hecho, busqué y veo con frecuencia. Me interesaba un movimiento de poetas y narradores que convivían y malvivían en las buhardillas de Georges Mandel. Yo los había leído pero no los conocía en persona. Elqui Burgos, Alfredo Pita, Patrick Rosas, José Rosas, Elías Durand y, fuera de Mandel, Goran Tocilovac, Yulino Dávila, Jorge Najar e Ina Salazar. Algunos de ellos fueron amigos del poeta mexicano Mario Santiago, y algunos otros habían conocido también a Roberto Bolaño. Varios habían pertenecido a Hora Zero, el movimiento poético de vanguardia peruano que fue la principal inspiración de los Infrarrealistas mexicanos. Al inicio buscaba comprender ese pasado que yo había glorificado. Quería descubrir qué quedaba. Alguien había decretado la muerte de París como la ciudad literaria latinoamericana por excelencia y eso me daba mucha curiosidad. Tengo la suerte, o la mala suerte, de llegar siempre a los lugares cuando la fiesta se acaba. Creo que lo hago un poco adrede. Me gusta conocer las cosas cuando ya no están de moda.

-¿Coincidís conmigo en que en los últimos diez o quince años existe un auge en la literatura peruana?
-Hay que tener mucho cuidado con eso. Hablemos un poco de cuál es la situación del Perú en términos culturales. Yo te confirmo que es un desastre. El gobierno de Humala ha tenido pequeños gestos, pero son mínimos. Las políticas educativas y culturales del Perú son tan malas que casi no existen. A diferencia de Argentina, Chile, México, Colombia, Ecuador e, incluso, Bolivia, no hay ningún tipo de ayuda o subvención o beca para el artista. No hay Premio Nacional de literatura desde el setenta. Hay, en total, dos suplementos culturales bastante discretos y somos un país de más de 30 millones de personas. Los artistas se mueren en los pasillos de los hospitales y, luego, por presión mediática, los condecoran póstumamente. Somos autogestionarios casi a la fuerza. Lo curioso es que tenemos una de las tradiciones literarias más fuertes y consistentes del habla hispana. Vallejo, Arguedas, Vargas Llosa, Ribeyro, Eielson, Adán, Varela, Cisneros. Hay muchos más. A veces suelo pensar que es la fuerza de esta tradición la que nos impulsa a seguir produciendo. Hay una intensidad en el Perú respecto al arte que es estimulante. Es uno de los pocos países donde la gente puede agarrarse a golpes por la literatura y me encantaría aquí poder ser metafórico…

-La escena literaria peruana sigue siendo un campo de batalla…
-La pregunta quizá sea: ¿cómo en un lugar donde no hay nada, puede existir tanto fervor? El fervor, sin embargo, no es necesariamente un prueba de calidad. Por eso mi respuesta frente al supuesto auge de la literatura peruana, es prudente. El mercado tiende a vender cortinas de humo: le encanta la hipérbole. Diría, sí, que ahora hay escritores trabajando de una manera muy responsable y con proyectos narrativos serios. Pero la palabra boom es perjudicial y mentirosa. No podemos vender ni tratar a la literatura peruana como si fuera un producto comercial de exportación.

Diego Trelles Paz, Verböten Magazine. © Alessandro Pucci
Diego Trelles Paz, Verböten Magazine. © Alessandro Pucci

-Está también el fenómeno de las editoriales independientes. Acabás de lanzar junto con un amigo una editorial, Santuario, ¿cuánto hay en este proyecto de sueño personal y cuánto de apuesta?
-Sí, con Víctor Ruiz Velazco, que es poeta y editor. Él tenía ya mucho tiempo haciendo Lustra: una editorial que ha publicado a los mejores poetas del mundo. A Víctor y a mí se nos ocurrió crear una editorial pequeñita que publicara autores que nos gustaran y que, por una razón u otra, no hubieran podido llegar al Perú. Nuestra apuesta es por el catálogo. A mí, como escritor, me interesa mucho la idea de la bibliografía responsable. Una de las cosas que no hago como editor es armar recopilaciones de cuentos. No me seduce eso de inventar un título y juntar relatos de distintos libros para que el autor pueda publicarse en determinado lugar. Me interesa la lógica conceptual detrás de las obras.

-En el epílogo de la vida de Roberto Bolaño tuviste un contacto con él, ¿ese encuentro te marcó especialmente en algún aspecto?
-Ese fue un año de dulce locura para mí. Vivía en los Estados Unidos. Había terminado la maestría y me di cuenta de que no podría escribir mientras siguiera viviendo en Texas. Así que me regalé un año sabático. Y fue de lo más irresponsable porque no tenía dinero. Me fui a Bordeaux. Caí en la casa de unos amigos a los que, sin decirles nada, nombré mis mecenas [Risas]. Mi vida era edénica. Me la pasaba escribiendo hasta el mediodía y luego me iba a ver cine al Utopia. En la noche, salía a beber y a conocer gente. ¡Y vaya que la conocí! Todo fue cayendo de una manera realmente inesperada. Al primero que conocí fue a Robert Amutio, el traductor al francés de Bolaño. De alguna manera, podría decir que él me conoció a mí. Gracias a los consejos del escritor Óscar Malca, leí Los detectives salvajes en 1999. Por entonces, Bolaño no era muy conocido. Lo leí y eso lo cambió todo. Yo no tenía idea de cómo iba a armar mi propio proyecto narrativo y remitirme a los autores del boom a esas alturas era suicida. A través de Bolaño encontré una forma distinta de acercarme a la literatura. Mucha de la gente de mi generación había empezando haciendo realismo sucio, a lo Bukowski. A mí nunca me interesó tanto Bukowski. Yo tenía una formación clásica, yo venía de Faulkner, de los escritores del boom, de Joyce, de Cervantes. Cuando publiqué el primer artículo sobre Bolaño en el Perú, la revista Quehacer lo subió a la red y Amutio lo leyó y me escribió. Él vivía en Bordeaux. Nos encontramos, nos caímos muy bien y a mí se me ocurrió preguntarle si podía enviarle una carta manuscrita a Bolaño. Sabía que él había hecho lo mismo con Enrique Lihn cuando era muy joven. Cuando Bolaño respondió lo hizo vía e-mail. Le dijo a Robert que, al parecer, yo no tenía correo electrónico. Esto generaría un corto intercambio electrónico con él. Todo eso lo cuento en una crónica llamada “Nunca fui a Blanes”. El mismo año, y por el mismo texto, conocí a Enrique Vila-Matas. ¡Lo increíble fue que Vila-Matas me escribió a mí! No te estoy mintiendo [Risas]. Un día me llegó un correo muy enigmático en el que el presunto Vila-Matas me decía: Hola, soy Vila-Matas, estoy jugando al detective en la red y he visto que tienes unos artículos muy buenos sobre Bolaño y Monterroso, quería saber si estás del otro lado. Yo me dije: cómo va a ser Vila-Matas, ni cagando. Me están jodiendo pero, por si acaso, le respondí. Le escribí una carta larga que empezaba dudando de su identidad. Pero sí era. Luego vino a Bordeaux y lo conocí.

-Queda mucha obra inédita de Bolaño, ¿en manos de sus herederos está en buenas manos?
-Qué pregunta más difícil esa, ¡me va a meter a juicio esa mujer! [Risas]. Yo creo que el último gran libro de Bolaño fue 2666. Eso de escarbar en sus manuscritos para reconstruirlos puede ser muy importante para los estudiosos. Pero las considero obras no terminadas y creo que eso podría deformar un poco su legado. Cuando un pintor va a terminar una obra hace ensayos. Bueno, un escritor hace lo mismo pero no los publica. Eso no ocurre sólo con Bolaño sino con un montón de escritores.

Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.
Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.

-¿Quiénes te parece que están escribiendo lo que no podemos dejar de leer si leemos en español?
Yuri Herrera, es imprescindible. Daniel Sada, si estuviera vivo. Bueno, muchos escritores de mi generación están haciendo cosas interesantes. Es una pregunta jodida porque yo fui el editor de El futuro no es nuestro y ahora todos son mis amigos, y cuando menciono a uno y no a otros, se complica [Risas]. Además hay una cuestión con la inmediatez que hace que tal vez no los tenga ahora mismo en la cabeza. Hay gente que escribe muy bien y que ni siquiera ha publicado mucho. Como te decía, a mí me interesa mucho que el escritor sea responsable a la hora de publicar y a la hora de elaborar su bibliografía personal. Eso de escribir una novela que vende y al año siguiente vendértela de nuevo cambiando los nombres de los personajes, no es muy serio. Me considero un lector exigente, me molesta que me estafen. Hay más por supuesto. Ricardo Piglia es parte de mi canon personal. Mario Bellatin tiene un proyecto estupendo que va más allá de lo literario. Si estuviera vivo, Fogwill. Samanta Schweblin y Mariana Enríquez tienen unos cuentos y un rigor que a mí me parece muy cercano al de los grandes maestros del género fantástico. Rodrigo Hasbún es un chico muy talentoso. Félix Bruzzone es muy bueno. ¡Estoy nombrando a los autores de mi editorial! [Risas]… Alejandro Zambra acaba de publicar un libro de cuentos que es extraordinario. Él es uno de los autores de mi generación que está haciendo las cosas muy bien. Inés Bortagaray en Uruguay ha publicado dos libritos extraordinarios.

-En el año 2013 el diario Página 12 publicó Por una soberanía idiomática, un manifiesto firmado por escritores, académicos e intelectuales en el que se planteaba “la necesidad perentoria de establecer una corriente de acción latinoamericana que recoja la pregunta por la soberanía lingüística como pregunta crucial de la época” La Real Academia Española no parece acusar recibo. Javier Marías, que es miembro de la RAE, suele criticar a la propia academia. ¿Te interesa el debate?
-Las cosas que dice Marías a mí me parecen tan del siglo pasado. [Risas]. Es como si se hubiera quedado en el tiempo. La RAE es, asimismo, una institución desfasadísima. Esa tontería de la corrección del español, de la limpieza del español, de que no se contagie… ¡Es una reverenda cojudez! Yo no creo en la literatura en mayúsculas. Creo que la literatura pierde con ese tipo de imposiciones que no reflejan lo que ocurre con el habla de la gente en la calle. No estoy a favor de la limpieza de la lengua: estoy a favor de su suciedad. A mí me interesa la narrativa en tanto, desde cualquier registro y desde cualquier material, me pueda mostrar una obra de arte.

-Que se juegue con la lengua.
-Por supuesto. Esta gente ve incluso el espanglish como bastardo. A mí eso no me interesa eso en absoluto. Es mejor romper los límites. Aunque la RAE ha querido modernizarse aceptando unas palabras que son feísimas, ¿no? ¿Amigovio? No se pasen… [Risas]. Ponerle al arte esos corsets, esos cercos, siempre será una forma de censurarlo, de cortarle las alas. Tú me preguntaste por escritores y yo te hablé de Yuri Herrera. Mira, la jerga que utiliza Yuri sería, pues, indebida, incorrecta. Marías también se quejó de que el mercado español le prestaba demasiada atención a los escritores latinoamericanos. El mercado español nos ha tenido jodidos durante años siendo el peaje de nuestras lecturas a través de sus premios, de sus editoriales y de sus cuotas de mercado. Si yo quería leer a un salvadoreño, a una ecuatoriana o a un paraguayo tenían antes que ganar un premio. Si no fuera por las editoriales independientes latinoamericanas esto no habría cambiado. Hay una persistencia en la paternidad que a mí me da risa, y que a muchos escritores españoles también. Porque no tiene sentido: las dos literaturas son ricas y no están divorciadas. Pero antes, cuando tenían mucho dinero y la gente compraba libros, había como una imposición del gusto que no se guiaba por la calidad sino por la facilidad de vender y de colocar a cierto tipo de autor. Bolaño siempre habló contra eso. Y de alguna manera, ahora que el mercado editorial español está en uno de los peores momentos de su existencia y que se han dado cuenta de que el escritor latinoamericano los puede hacer sobrevivir, las cosas van cambiando poco a poco. Ahora realmente les interesan. Y Marías se queja. No estaría mal escribirle una carta de respuesta en espanglish. Solo por joder.

Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.
Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.

-Te interesa mucho el fútbol, sin embargo dijiste que veías como una tarea difícil escribir un libro que hablase sólo de fútbol o con el fútbol como protagonista, ¿esa dificultad radica en la técnica de escritura o tiene que ver más bien con la recepción lectora?
-Lo que pasa es que hay temas que por sí solos, más allá del tratamiento que les dé el escritor, tienden a ser prosaicos. Uno de ellos es el mundo tecnológico o cibernético, y yo quise romper un poco con eso en Bioy (porque en Bioy hay un blog). Uno de los retos que yo tuve en ese libro fue plasmar el mundo y el lenguaje del mundo de la web. Un mundo donde más que lectores hay usuarios que cortan y se comen las palabras, y se hace con la lengua un poco lo que se quiere. Mi reto era hacer literatura con eso. Había leído novelas que hablaban de las redes sociales, por ejemplo, y no me había gustado su tratamiento. Pasa eso también un poco con el fútbol. Es difícil tratar esos temas. Puede salir muy prosaico o, por el contrario, muy estilizado. Si toda la novela es sobre fútbol, el reto es cómo plasmarlo. En mi primer libro, Hudson el redentor, uno de los personajes es un futbolista de Universitario de Deportes que termina como drogadicto y delincuente… Bueno, casi todos en mis libros terminan muy mal [Risas]. Una de las cosas que aprendí de Manuel Puig fue a hacer literatura a través de todo: partes policiales, revistas de modas, informes policiales, programas de radio, etc. En Hudson el redentor hay una radio en la que se narra un partido de fútbol (una final entre Sporting Cristal y Universitario que ganó la U), y también hay uno de esos programas de gente buscando pareja. Todo eso viene de mi lectura de Puig. En realidad, siempre estoy usando el fútbol en todos mis libros, pero digamos que entra oblicuamente. Me encantaría hacer una novela solo sobre fútbol.

-Como lector, como escritor y ahora como editor, ¿cómo te llevas con los libros digitales?
-Pésimo. No leo digital aunque no tengo nada en contra del formato. Me parece que es un invento fabuloso en tanto te ahorra dinero para trasladar bibliotecas, puedes llevar tus libros a todos lados con tu dispositivo, es muy práctico. Pero a mí no me interesa. Soy una persona que lee libros impresos. Me gusta el olor de los libros, mi biblioteca la tengo ordenadita y si me la mueven, me bloqueo. Me interesa ir a las librerías de viejo, y zambullirme, bucear. El libro impreso no va a morir jamás, y esto ni siquiera tiene que ver con el hecho de que me quiera aferrar al pasado. La experiencia de leer un libro es completamente distinta a la de leer de una pantalla, no importa qué le inventen. En Santuario no hacemos libros electrónicos. No hay plata.

-¿Hay un momento puntual que recuerdes en que decidiste ser escritor? ¿Pensás alguna vez en que cuando decidiste ser escritor aceptabas la infaltable compañía del impulso de crear personajes y tramas durante tu día a día normal o eso es algo que no te ocurre?
-Es una buena pregunta, sí que fue una decisión difícil. Yo como escritor tengo la teoría de que la literatura te toma, te captura y luego, si aceptas, se convierte en una decisión irrenunciable. Soy de un barrio en Perú de clase media-baja, jugaba al fútbol en la calle. Hudson el redentor habla un poco de eso. A mí me pasaba que pensaba que la literatura era lo mío pero tenía mucho miedo de no tener el talento, de hacer algo que después me fuera a frustrar porque no era lo suficientemente bueno. ¡Ni siquiera parezco escritor! Físicamente estoy más cerca del boxeador que del intelectual [Risas]. Pero en verdad cuando te decía que no me interesaba la literatura en mayúsculas, te avisaba de esta sacralización del escritor como un tipo sensible, que está todo el tiempo pensando en la literatura, un tipo al que todo le duele, bah, qué aburrido. Me encanta la literatura pero a veces prefiero hablar de fútbol, de política, de cualquier cosa. Todo esto se ha vuelto más delicado en esta época. Gracias a las redes sociales hay muchos chicos a los que les interesa más vivir como escritores que escribir. Si supieran lo que ganamos como escritores, se mueren. La literatura te da cierto prestigio social pero de dinero mejor ni hablar. Para colmo, todo el mundo piensa que es tu deber trabajar gratis para todos. Respecto a la segunda parte de tu pregunta, me parece que los escritores escribimos todo el tiempo pero no siempre con una hoja o una pantalla delante. El cerebro va descubriendo constantemente cosas, detalles: una mirada, el color de unos zapatos, el sonido de una voz. Registrarlo es escribirlo. “Dios está en los detalles”, decía Aby Warburg.

Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.
Diego Trelles Paz, Verböten Magazine.

-Durante la lectura de Bioy me dio la impresión de que es muy traducible al lenguaje cinematográfico, ¿te ofrecieron hacer algo con ella en la gran pantalla?
Sí, en Perú, pero no prosperó. Hicieron también un corto en la Universidad Católica, era una partecita. Bioy es una novela muy compleja como para llevarla al cine. No digo que no se pueda. A mí, como autor, me gustaría que un cineasta se atreviera a deformarla. Mira lo que hizo Cronenberg con el libro de Burroghs en Naked lunch. Me gustaría ver algo así. Mi acercamiento desde la literatura al cine tiene que ver no sólo con los diálogos o las referencias, sino con el hecho de que hay escenas a las que la literatura no llega como yo quisiera. En El círculo de los escritores asesinos era bastante claro: teníamos el asesinato del crítico literario contado tres veces y desde distintos ángulos o puntos de vista, un poco como en Rashomon de Kurosawa. Con Bioy mi atreví un poco más. Por momentos se sugiere la existencia de una cámara detrás de los personajes, una cámara que va registrando de manera documental. Me interesaba eso. En Bioy hablo de una época muy difícil para todos los peruanos; no solamente por el nivel de violencia sino también por el trauma posterior. Si hablar de la violencia política implicaba tomar partido por alguno de los dos bandos, intenté encontrar un mecanismo para intentar, o simular, la objetividad. Narrar las cosas como lo hubiera hecho una cámara que registra. Hay una película de un cineasta argentino que vive en Francia, Gaspar Noé. Se llama Irreversible. Tiene una escena de trece minutos donde Monica Bellucci es violada en uno de los metros de París. La escena es macabra. Lo que me interesaba no era tanto la violación sino su efecto en el espectador. Y es que Noé coloca la cámara al ras del piso, como si alguien la hubiera dejado prendida por error. El efecto que logra es perverso: uno no siente que sea una película, parece una violación real y el filme que estabas viendo pasa a ser otra cosa. Con Bioy me planteé la pregunta de cómo narrar lo indecible, algo que las palabras no podían llegar a expresar… Ahí entra el cine.

-Ahora que hablás de tu primera novela, hubo antes un libro, un primer libro que no publicaste porque perdió, como en el fútbol, tres a dos. ¿Vas a publicarlo?
-No, imposible. Está muy lejano y espero que cuando me muera a ninguno de mis familiares se le ocurra hacer esa estupidez. Hay un solo ejemplar de Carne de cañón y le pertenece a mi padre. Yo lo imprimí para él cuando era adolescente y se lo regalé por su cumpleaños. No es publicable aunque hay algunas historias que recuerdo con cariño.

-Cuando Bioy ganó el premio Francisco Casavella te compararon con Vargas Llosa, ¿cómo se bebe eso?
-Bueno, gracias a esa comparación de uno de los jueces, Gabi Martínez, un escritor español muy importante, muy respetado, se dieron muchas cosas que fueron claves para que se leyera la novela. Es atípico que una terna de jueces sea tan elogiosa. Eso me honró pero también me puso en una posición difícil. La sola comparación era un honor y un desafío. Uno no entra a la literatura para ser epígono de nadie. Admiro literariamente a Vargas Llosa pero yo estoy creando un camino propio. En ese sentido, Bioy me genera una calma, una serenidad, inéditas. Es en esa novela donde por primera vez me reconozco completamente como escritor. No estoy diciendo que las anteriores fueran preliminares. En absoluto. De hecho, hay lectores a los que les gusta más Hudson el redentor o El círculo de los escritore asesinos que Bioy. Eso me parece estupendo porque le da consistencia a casi todo lo que he hecho. Es decir que no tengo que estar negando nada, ¿no? [Risas].

-Si se avecinara el fin del mundo y tuvieras la oportunidad de resguardar una y sólo una pieza de arte de todas las que creó la humanidad, ¿cuál elegirías?
-Yo creo que en la literatura hay un momento de quiebre, y en el arte, otro. En la literatura es El Quijote. En el arte es Duchamp. Supongo que habrá muchísima gente en desacuerdo sobre Duchamp. Y está bien. Esta es una opinión más cerebral, más de profesor de estética retirado, que de escritor.

Autor: Nacho Lopez

Nacho Lopez nació en el sanatorio Mitre un 19 de noviembre. Después, otro día, nació el escritor. En Buenos Aires cursó el primer año de Comunicación Social en un pequeño edificio, en la localidad de Merlo, que tuvo sus mejores épocas como bailanta tropical. Los años siguientes fueron en una antigua fábrica textil provista de aulas magnas con enormes ventanales industriales. Recordando a menudo esa extraño y noventoso modo de asignación edilicia argentino, ya en Barcelona, asistió a un puñado de cursos de narrativa en diversas aulas y bibliotecas de la ciudad condal, en la que actualmente vive y de la que a veces piensa con alivio: “ésta no va a poder conmigo”. Le gustan los libros, prefiere los de papel. Escribe en Verböten sobre libros o sobre la trascendencia de estos, sobre los autores de esos libros, acerca de su definitivo impacto.

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