Boquitas tapadas (el fútbol y su Gran Hermano)

Jugar sin despeinarse

Boquitas tapadas, el fútbol y su Gran Hermano

Las cadenas de televisión del Reino Unido Sky y BT desembolsan esta temporada una suma cercana a los 7.000 millones de euros en concepto de derechos de emisión de los partidos de la Premier League. La televisión marca el ritmo y los precios del gran negocio del fútbol, pero, aunque hoy el tándem fútbol-TV nos resulta tan natural, esto no siempre fue así.

 

Acción: los futbolistas ultiman los detalles para saltar al campo de juego: piden que se les aplique rubor, se quejan del pelo llovido o de la falta de hombreras, se hacen la permanente. Ocurrió hace más de veinte años pero para ese entonces el fútbol ya se estaba convirtiendo en otra cosa. La acción ocurre en el lejano año de 1992. Canal 13 de Argentina emitió “Vestuario”, publicidad de Fútbol de primera, el programa de televisión que acaparaba todo el fútbol del país. El aviso, idea de Carlos Bayala, fue breve y largamente recordado. Además, resultó ser profético. “Desde que el 13 puso más cámaras, los jugadores se preparan de otra manera”, decía la voz en off.
Si los tomates que comemos en estos días transgénicos podrían definirse como aquello que nos recuerda al tomate, el fútbol de hoy bien podría ser una huella televisiva que nos recuerda eso que supo ser una fiesta auténtica de 90 minutos. El deporte más popular se transformaba en el negocio deportivo más millonario. Los sueldos de los protagonistas se multiplicaban y aparecían nuevos actores. Representantes, asesores e intermediarios comían ahora de un pastel que cada vez era más gustoso.

Siguiendo el modelo del deporte americano, subrayan su carácter espectacular, lo ajustan a las reglas del lenguaje moderno por excelencia, el televisivo”. Alessandro Baricco

El escritor y periodista italiano Alessandro Baricco se lamenta, algo nostálgico, desde una serie de artículos aparecidos en el diario La Repubblica que más tarde conformarían el libro Los bárbaros (Anagrama, 2008). Allí Baricco, con sutileza y mucha agilidad, intenta explicar los cambios que ve en las conductas culturales y en la aprehensión de valores que trae consigo la globalización, y utiliza como ejemplos, en la primera parte de este ensayo, tres espacios de la cultura en los que se ve claramente esa transformación. Destaca el fútbol (los otros ámbitos son el vino y la industria del libro) porque “existe la idea muy difundida que asegura que este deporte tiene alma”, y sugiere que la televisión podría venir a quitársela. “Siguiendo el modelo del deporte americano, subrayan su carácter espectacular, lo ajustan a las reglas del lenguaje moderno por excelencia, el televisivo”, argumenta este seguidor apasionado del Torino F.C.

La entrada masiva de la televisión en el fútbol no solo cambió la forma en que lo percibimos como espectadores, también se empezó a jugar a otra cosa. El “nuevo fútbol” fue incorporando, en el juego y en las relaciones entre los protagonistas, comportamientos cada vez más cercanos a los preceptos que rigen el negocio de la televisión. Así, el éxito y la inmediatez mandaban mientras la belleza intrínseca del fútbol perdía terreno agónicamente. En concordancia, y hablando extríctamente del juego, los requisitos para ser futbolista cambiaron. Se hizo tendencia el reclutamiento de “roperos funcionales”: tipos torpes pero grandotes. Un método que frustró, durante los años 90 y la primera década de este siglo, a un buen número de futbolistas jóvenes que no encajaban con los requisitos físicos que imponía el canon reinante.
En la actualidad la televisión ocupa un lugar preponderante en todos los debates del universo fútbol, o bien en su papel de juez de lo discutido o como medio transformador. Ya sea por acción: si finalmente se decide usar la tecnología para determinar ciertos fallos, la televisión es la herramienta clave. Ya sea por omisión: cuando las autoridades del fútbol deciden “castigar” a los espontáneos, esos personajes que saltan cada tanto al césped, ordenando que las cámaras ignoren su presencia.

En este derrotero, algo que se repite es la costumbre de los jugadores de llevarse una mano a la cara para tapar lo que sus labios le dicen a un compañero, a un rival o incluso al árbitro. Un hábito que ya practican todas las personas involucradas en el juego. La mano que tapa la boca cuando la boca dice, puede ser leída, al menos, de dos maneras. Por un lado, es la mano que protege la última intimidad de una persona que disputa un simple partido de fútbol que sufrió la erosión vertiginosa de este medio devorador: en 25 años, muchísimos goles televisados después, la pelota se vio reflejada en la pantalla tantas veces que ya no se reconoce. ¿Es necesario que veamos en cámara lenta la forma y el desempeño del escupitajo de Sergio Busquets mientras se realiza un cambio? Por otro lado, la mano en la boca viene a cuidar ese código primitivo de los hombres que pisan una cancha: lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. En cualquier caso, gracias a la invasión de las cámaras que anunciaba la publicidad, y también por supuesto a la aparición inagotable de futbolistas amantes de lo novelesco, hoy los nuevos medios reproducen, copian y comparten (y generan una “noticia” de) intrascendencias o frivolidades desprendidas de la lectura de los labios de Daniel Osvaldo en determinada jugada o de lo publicado en Twitter por Gerard Piqué.

Boquitas tapadas, el fútbol y su Gran Hermano. © Adrián Quiroga

Boquitas tapadas, el fútbol y su Gran Hermano. © Adrián Quiroga

Si hiciéramos un estudio cronológico para determinar quién fue el primero, en qué estadio se produjo la primera boquita tapada, sería probable encontrar al pionero en el continente europeo, en una de sus ligas millonarias. Pero desde hace algunos años este gesto se universalizó, y hoy en día en la TV se pueden ver, por igual, boquitas tapadas del Arsenal de Londres o de su homónimo de Sarandí. A tal punto que, si nos animáramos a retratar la “evolución” del fútbol con ilustraciones similares a las que se usan habitualmente para graficar la evolución del hombre, tendríamos que dibujar, para conformar el último eslabón, a un señor con vestimenta de fútbol (personalizada) que en medio de un partido le dice algo imperceptible a otro señor, vestido exactamente igual aunque con otros colores. El señor que dice, debería llevarse una mano a la boca.

El matrimonio entre el fútbol y la TV, más allá de si es por amor o por conveniencia, es insoslayable. Pareciera que en esta pareja, el fútbol sustenta el hogar y la televisión administra; que uno provee y el otro le ofrece al televidente una ilusión de poder y, finalmente, decide. Si necesita una prueba, usted que es espectador de este deporte, cuando se disponga a ver el próximo partido, siga al árbitro. Verá que se va a establecer cerca del círculo central, que corroborará que ambos arqueros estén preparados, y que verificará que todo su equipo (tarjetas, micrófono, espray, sus asistentes) esté en orden. Por último, verá que, justo antes de llevarse el silbato a la boca, lo mirará a usted en su sillón. Y esperará la orden suprema para empezar a jugar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *