Edgardo Bauza en conferencia de prensa Argentina vs Chile, Eliminatorias 2018.

Edgardo Bauza, entrenador y humorista

El técnico albiceleste deja boquiabiertos a los periodistas con sus declaraciones tras el mamarracho frente a Chile

La selección Argentina ofreció ante Chile su peor performance del siglo, ganó por la mínima gracias a un penal dudoso ante una selección chilena diezmada y terminó pidiendo la hora en Buenos Aires ¿Saben cuál fue la conclusión de su entrenador, Patón Bauza?

En la hinchada queda bien, y es natural. En el entrenador no, Bauza. Y mucho menos en la boca de un señor que fecha tras fecha se arremanga los pantalones y va dando pasos de ciego en el barro de la incertidumbre.

“Jugamos un partido brillante”, dijo, está grabado. Lo dijo y no sonrió. Lo dijo y no se levantó y se fue. Lo dijo, Bauza, y no se puso ni un poquito colorado. Se hace muy difícil tomar en serio las declaraciones en rueda de prensa de Patón Bauza. Se hace muy difícil tomar en serio a Bauza y su humanidad, a su gestión y al modo en que dirige esta selección. Ya había hecho ruido, días atrás, con un vaticinio innecesario: “Me imagino a Messi levantando la copa del mundo en Rusia”. Ya había irritado al dar por consumado que Argentina sería campeona mundial en 2018, al especular sobre a qué se dedicaría una vez obtenido ese logro. Pero, ¿con qué necesidad, Bauza? ¿Para qué, si Argentina ni siquiera estaba, en el momento de esas declaraciones, entre los cuatro que van directamente a Rusia? Son enunciados, los de Bauza, que representan la expresión de deseo del hincha argentino, eso sí. El mismo sueño debe tener el hincha uruguayo con Suárez, el brasileño con Neymar o el alemán con Thomas Müller. En la hinchada queda bien, y es natural. En el entrenador no, Bauza. Y mucho menos de parte de un tipo que con un equipo de estrellas ganó ocho de dieciocho puntos en disputa; menos en la boca de un señor que fecha tras fecha se arremanga los pantalones y va dando pasos de ciego en el barro de la incertidumbre.

No se habían jugado diez minutos y Marcos Rojo ya había dado tres pases -pelotazos, revoleos- de cuarenta metros que acabaron en lateral chileno o en las manos de Claudio Bravo.

Podríamos hablar de lo mal parados que están los jugadores argentinos en la cancha: cuando la pelota dividida o proveniente de un rebote le cae al rival una vez puede tratarse de una casualidad pero cuando ocurre diez veces significa que uno no está ubicado donde debería.
Podríamos remarcar la imprecisión in crescendo de Mascherano, que pasó de ser uno de los valores máximos de este equipo a engrosar la lista -junto a Higuaín, Agüero, Di María- de los jugadores que ya quemaron todas sus chances y que deberían ser reemplazados.
Podríamos recordar que frente a Chile, como en partidos anteriores, Argentina pretendió crear juego a partir de manotazos de ahogado de sus defensores centrales: no se habían jugado diez minutos y Marcos Rojo -otro caso en que Bauza pone a un jugador en una posición que no conoce, y van- ya había dado tres pases -pelotazos, revoleos- de cuarenta metros que acabaron en lateral chileno o en las manos de Claudio Bravo.
Podríamos.

El equipo de Bauza no juega a nada, y esto no es una manera de decir: nadie en estos momentos está en condiciones de afirmar a qué juega Argentina.

Pero, por qué hablamos de declaraciones y formas de ser cuando se acaba de jugar una nueva jornada de eliminatorias. Por qué no hablamos de fútbol. Pues, porque no lo vemos; porque el fútbol en Argentina, un país donde ese deporte es mucho más que un deporte, brilla por su ausencia. Porque el equipo de Bauza no juega a nada, y esto no es una manera de decir: nadie en estos momentos está en condiciones de afirmar a qué juega Argentina. Se le ganó muy ajustado a una selección chilena que no pudo contar con su pieza más importante. Arturo Vidal, que no pudo estar presente por suspensión, es tan importante para Chile como Messi lo es para Argentina. El volante del Bayer alemán hace todo en el equipo de Pizzi: corre, pelea, presiona, hace la pausa, distribuye, asiste, manda, recupera, ordena, llega al gol. Este Chile sin Vidal, con muy poco, hizo más que el equipo de Bauza. Esta Argentina, con Messi, no puede jugar bien durante más de dos minutos. Sin Messi (Argentina sólo obtuvo el 33,3% de los puntos), bueno, es una lágrima. Los hinchas argentinos tienen la sensación de que si estuviera cualquiera de ellos sentado en el lugar del entrenador, un mecánico, una enfermera, este cronista, la cosa no cambiaría demasiado. De momento, Bauza no pudo impregnarle a su equipo nada de lo que tiene en mente. Porque queremos creer, aun después de sus declaraciones negacionistas, que Bauza tiene cosas en mente para que esta selección juegue.

El milagro como sistema es, al menos, peligroso.

Venía de un triunfo descontracturante sobre Colombia, obra integral del monologuista Lionel Messi. Le ganó a Chile sin merecerlo y pidiendo la hora, y ahora Argentina quedó ubicada tercera detrás de Brasil y Uruguay. Pero por como juega esta selección todo esto tiene ribetes y forma de milagro. “Lo más importante siempre es ganar”, dijo Bauza post partido con Chile. Sí, pero ojo. Ganar como sea una final, sí. Ganar como sea una clasificación al mundial, sí, si no queda otra -tampoco sería la primera vez. Pero cuando faltan cinco partidos de eliminatorias, jugar a ganar como sea es un sistema que deja librado al azar el destino de un equipo que no puede tener su destino librado al azar. El milagro como sistema es, al menos, peligroso. Es, al menos, poco serio. La suerte y los milagros son así: vienen cuando vienen. La suerte, los milagros, es más probable que llegue si se le ayuda. Y en este caso, la ayuda debe tener forma de fútbol.

Autor: Nacho Lopez

Nacho Lopez nació en el sanatorio Mitre un 19 de noviembre. Después, otro día, nació el escritor. En Buenos Aires cursó el primer año de Comunicación Social en un pequeño edificio, en la localidad de Merlo, que tuvo sus mejores épocas como bailanta tropical. Los años siguientes fueron en una antigua fábrica textil provista de aulas magnas con enormes ventanales industriales. Recordando a menudo esa extraño y noventoso modo de asignación edilicia argentino, ya en Barcelona, asistió a un puñado de cursos de narrativa en diversas aulas y bibliotecas de la ciudad condal, en la que actualmente vive y de la que a veces piensa con alivio: “ésta no va a poder conmigo”. Le gustan los libros, prefiere los de papel. Escribe en Verböten sobre libros o sobre la trascendencia de estos, sobre los autores de esos libros, acerca de su definitivo impacto.

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