Angie Jones | Verböten Magazine Cultural

Angie Jones, del píxel al pincel

Un retrato de una vida

Angie Jones, artista estadounidense originaria de Atlanta, llegaba a California en 1995 para desarrollar su carrera en cine de animación. Después de veinte años de éxitos en el séptimo arte, firmando películas como Stuart Little o X-Men, decidió ponerle fin a esta etapa y comenzar una nueva con un pincel como estandarte. Angie Jones nos atiende desde su estudio en el Brewery Arts Complex de Los Angeles y nos cuenta algo de vida y sus nuevos proyectos.

 

Angie Jones | Verböten Magazine
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-¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser una artista?
-A ver… llevaba veinte años trabajando en la industria cinematográfica y un día me dije: “Hasta aquí llegué. ¡Es hora de dar vida a mis propios proyectos!” Pero supongo que todo comenzó en mi niñez.

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-¿Te mudaste de Atlanta a California para crecer como artista?
-La verdad es que sí, y debo decir que crecí en muchos aspectos. No puedes vivir en un lugar y no ser influenciado por lo que te rodea. Me abrí a nuevas experiencias, comida, gente increíble, etc. Me hizo apreciar esas pequeñas cosas como perderme por sus calles y disfrutar de los grafittis.

-¿Cómo es la vida en el Brewery Arts Complex?
-Es genial vivir en un lugar donde se respira tanta creatividad. Viven cerca de trescientos artistas y todos están metidos en algún proyecto. Es inspirador y, a veces, ¡de gran ayuda! Por ejemplo mi vecino me construyó una luz especial para trabajar, es un conocido iluminador de cine. Suelo dejar la puerta abierta cuando trabajo para disfrutar de la brisa pero también es una invitación tácita a cualquier habitante del complejo que pase por ahí. Por eso algunas veces termino por no hacer nada y simplemente me pierdo en charlas infinitas.

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-Antes nos contabas que trabajaste en la industria del cine veinte años y tengo entendido que también hiciste lo tuyo en la industria del video game. ¿Cómo crees que han afectado a tu estilo y desarrollo como artista estas experiencias?
-Trabajé en producciones gigantes como X-Men, Pan’s Labyrinth o Stuart Little. También en los 90′ me involucré de lleno en video games como Oddworld: Abe’s Exoddus, Red Dead Revolver y Dino Crises. Como verás hice cosas muy dulces y muy oscuras, por decirlo de alguna manera. Pienso que un animador de cine tiene que entrar en la cabeza de los personajes a los que pretende dar vida. Actualmente en mis retratos intento captar la esencia del personaje y sin lugar a dudas mi experiencia en otros campos me ayuda a ver un rostro de maneras muy distintas.

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-Hablando de retratos, ¿cómo nace la serie About-Face?
-El retrato solía ser en la antigüedad un testamento, una declaración de poder y estatus. Mi intención era romper con ese tópico y que todo el mundo tuviera un retrato, por eso creé esta serie, trayendo a nuestros días la idea de los 8 bits.

-Webs como Saatchi Online se han vuelto una de las formas favoritas de los artistas para difundir su trabajo. ¿Lo recomendarías?
-Personalmente Saatchi Online ha sido una buena experiencia, su comisión es inferior a la de las galerías y además se encargan de absolutamente todo. Si bien echo de menos el contacto humano con el cliente, trabajar con esta empresa me ha abierto las puertas del mundo.

-Y para terminar, ¿Cómo te trató el 2013?
-La verdad es que fue determinante. Vendí cerca de una docena de trabajos, que es una cifra muy alta para mí, también varias galerías mostraron interés y por supuesto se me ocurrieron nuevas ideas para desarrollar ¡en 2014!

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Autor: Cristóbal Páez

Nació en Argentina a finales de los años setenta a orillas de la cordillera de Los Andes entre caña de azúcar, limones y una dictadura que ya despuntaba sus últimas locuras. Terminó la escuela como pudo y con 18 años se largo a viajar. Se unió a un circo en Buenos Aires, tocó el charango en las calles de Arequipa, comerció fósiles en el desierto de Atacama, vendió anillos en Rio y semillas para brujerías en La Paz. Llegó a la Europa de las vacas gordas y entre brindis y trasnochadas las vio adelgazar. El amor a las letras lo arrinconó en una de las esquinas de la vida, y con casi 34 años y la medida justa de rabia, fundó Verböten para escribir hasta morir o hasta que la tinta se acabe.

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